Seguros, pero no domesticados. laEdito MotoTaller nº341

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La moto siempre ha sido un territorio de libertad. Subirse a dos ruedas implicaba asumir riesgos y responsabilidades que formaban parte de su ADN. Pero Europa, fiel a su vocación reglamentista, ha decidido que ya no basta con casco y guantes: el airbag será obligatorio para presentarse al examen del carnet de moto.

La seguridad es un valor indiscutible, nadie negará la eficacia de un airbag a la hora de salvar vidas o reducir lesiones graves. La pregunta es: ¿hasta qué punto puede una administración decidir por el ciudadano qué nivel de protección necesita para ejercer su pasión o, simplemente, para desplazarse? Europa legisla desde la sobreprotección, bajo una visión paternalista que entiende al motociclista como un ser a tutelar más que como un ciudadano adulto capaz de decidir. Y cada paso en esa dirección erosiona la identidad misma de la moto.

En el ámbito deportivo, la historia es distinta. El airbag ya es obligatorio en MotoGP y también en el Dakar, y esta imposición se espera que provoque un efecto cascada hacia competiciones de menor nivel, aunque no está clara la tendencia. Tendencia deseable, puesto que no podemos olvidar que este está siendo un año negro en cuanto a pilotos fallecidos, muertes que quizá se podrían haber evitado con un airbag.

Rodar te recuerda que estás vivo. El tráfico te recuerda que no todos lo saben.

Ahora bien, trasladar esa lógica del deporte profesional a la vida diaria no es tan sencillo. Aunque los precios de los airbags se han democratizado, siguen siendo percibidos como un producto de lujo. Obligar a adquirirlo para examinarse puede ser un muro para muchos jóvenes y familias.

La deriva reglamentista no se detiene en el airbag. Ahí está el ejemplo de los sistemas eCall, ya obligatorios en los coches y cada vez más presentes en motos. Estos dispositivos, concebidos para conectar automáticamente con los servicios de emergencia, aportan seguridad indiscutible. Pero también abren la puerta a un escenario inquietante: el del control constante de nuestra conducción. ¿Quién garantiza que los datos de cómo aceleramos, frenamos o nos movemos en moto no acaben en bases de datos accesibles para aseguradoras o incluso para la policía? Lo que hoy se presenta como un ángel de la guarda puede convertirse mañana en un juez implacable de nuestra forma de vivir la moto.

Más allá del debate cultural, la medida del airbag obligatorio tiene un efecto económico de primera magnitud. Obligar a miles de nuevos motoristas a adquirir un airbag es un negocio asegurado para fabricantes y distribuidores de equipamiento, que verán crecer la demanda. Para la industria se abre una oportunidad clara. Pero la otra cara es más sombría: encarecer el acceso a la moto puede reducir el número de aspirantes, y menos motoristas significa menos clientes futuros para toda la cadena de valor, desde el fabricante hasta el taller.

El airbag salvará vidas, sin duda. Pero: ¿quién salvará a la moto de la excesiva protección europea?

¡Gas y V’s!

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