Después de la ruta como de la tormenta, siempre llega la calma, y la calma en el universo de los moteros es indefectiblemente la que nos conecta con una buena compañía, una excelente gastronomía y un buen descanso para reponer fuerzas y seguir con la ruta al día siguiente. Con estos elementos, añadidos a una ubicación privilegiada y un catálogo de servicios soberbio, conocimos lo que el tradicional hotel Can Boix puede ofrecernos. ¿Dónde? En Peramola, ¡claro!

Se erigió en 1763 para dar cobijo a la familia Pallarès y permitirle realizar las tareas que le eran propias en el entorno de una Catalunya rural que despertaba del medievo y se adentraba en la modernidad ilustrada del siglo XVIII. A pesar de una coyuntura complicada en el medio rural debido a la crisis de subsistencia de aquellos años y las posteriores revueltas que a nivel europeo acabarían desembocando en la Revolución Francesa de 1789, Can Boix alzó sus muros en los aledaños de la pedanía de Peramola, un pueblo de la comarca de l’Alt Urgell que ya en aquellos años superaba los 400 habitantes.
Con más o menos prosperidad durante varios siglos, Can Boix vivió un momento trascendental a finales del primer tercio del siglo XX, cuando en 1931 Josep Mª Pallarès decidió convertir parcialmente la masía familiar en un alojamiento para veraneantes, una costumbre, la del turismo, que empezaba a arraigar entre los estratos sociales más pudientes que tenían los medios para salir del entorno urbano y disfrutar de unos días de asueto en contacto con el medio natural.
Camino de Andorra
Esa tendencia de convertir Can Boix en alojamiento veraniego y familiar se asentó definitivamente cuando en los años 60 y 70 del siglo pasado se empezó a popularizar Andorra como destino de vacaciones y de escapada de fin de semana. La perfecta ubicación de Peramola, a medio camino entre la conurbación de Barcelona o Lleida y el país de los Pirineos, fomentó estrategias para no dejar pasar de largo el creciente flujo de turistas, tanto catalanes como sobre todo franceses, que aprovechaban el tirón de los buenos precios del principado andorrano para conocer su país vecino. Además, la familia Pallarès lo vio claro e instauró, por ejemplo, un microbús regular para facilitar el acceso a Can Boix, de forma que el turista tenía todas las facilidades para acceder a este lugar único.

Hoy en día, Can Boix de Peramola se ha convertido en un remanso de paz y descanso en el que alojarse es una verdadera bendición. La ubicación de la casa, cobijada bajo la atenta mirada de la montaña propia de Peramola, el Roc de Sant Honorat, facilita ese buscado aislamiento que propicia el recogimiento que uno busca cuando necesita descanso.
Pero no solo de paz vive el turista, puesto que Can Boix, actualmente perteneciente al proyecto Slow Life Hotels, es también y especialmente un destino gastronómico gracias al buen hacer de su equipo de cocina que le ha valido el reconocimiento por parte de la Guía Repsol con el galardón de un Sol que reconoce su buen hacer en los fogones.
¡Moteros, venid!
Es en este punto cuando Can Boix lo reúne todo para ser un lugar ideal para los mototuristas. Dispone de un entorno privilegiado, a medio camino entre Barcelona y Andorra, cerca de Oliana y en la emblemática comarca de l’Alt Urgell, combinación perfecta de naturaleza, costumbres, arte y arquitectura; cuenta con todos los servicios deseables desde piscina a spa y servicio de masajes para un bienestar completo, una gastronomía de copete que empieza con un desayuno slow con todo lo que uno pueda desear y acaba con la elaborada carta de su restaurante, en la que lo único que falta es el comensal que sepa degustarla.

Hay a su alrededor numerosas opciones para practicar deportes de aventura, desde rafting a parapente o una nutrida red de senderos para los que busquen actividades más pausadas; y además sus alrededores están trufados por un sinfín de espacios naturales únicos que dan forma a una red de carreteras para todos los gustos, pero con un denominador común: están esperando ser descubiertas por los moteros más acérrimos por sus sinuosos trazados y sus paisajes incomparables, además del complemento perfecto que aporta la cercanía física y simbiótica con Bassella (ver recuadro).
En definitiva, Can Boix de Peramola conjuga a la perfección la mejor tradición hotelera con el nuevo impulso que le otorga la gestión de Slow Life Hotels para erigirse en un destino para todos los públicos, pero muy especialmente para los moteros que son más que bienvenidos porque la dirección del establecimiento habla perfectamente su idioma. Y no solo vale Can Boix para quedarse una noche mientras vamos de paso a otro lugar, sino que tomar esta emblemática masía como un campamento base desde el que configurarse todas las vacaciones es un acierto seguro. Y si además, esas vacaciones son en moto, el combo es redondo, damos buena fe de ello. ¡Atrévete a descubrirlo!
Aprende a tocar el piano
La oferta de Can Boix de Peramola se complementa a la perfección con el inmenso elenco de actividades disponibles en Bassella Experiences, y no solo porque éstas se dirigen a un público eminentemente petrolhead, enfermo del motor, que es también un cliente preferente para el Slow Life Hotel de Peramola, sino porque además a estas dos entidades les une una larga tradición de colaboración además de una innegable cercanía física. A parte de haber sido socios en el pasado con los Pallarès, la familia Soler que gestiona Bassella, incluido el imperdible Museu de la Moto dirigido por Estanis Soler, cuenta siempre con Can Boix para alojar a los innumerables clientes que durante el año no dejan de visitar las completísimas instalaciones del complejo motorístico de Bassella. Del mismo modo, el emblemático hotel ofrece como actividad complementaria las actividades de formación y diversión de Bassella Experiences.

Tras nuestra experiencia sensorial en Can Boix, nos subimos de nuevo a la moto para reaprender lo que creíamos que sabíamos y en realidad habíamos olvidado respecto a la conducción de motos lejos del asfalto. Así que asistimos a un curso intensivo de pilotaje offroad para principiantes impartido nada menos que por Pau Soler, director técnico de Bassella Experiences y reputado piloto multidisciplinar, y Oscar Valle, instructor certificado por la BMW Riders Academy, entidad que asimismo acredita bajo su sello de calidad los cursos de pilotaje en moto que se realizan en Bassella.
Es un teclado, no un asa
El curso, aunque apretado en el tiempo, fue revelador. Todo lo que sabemos sobre conducir moto sobre asfalto hay que desaprenderlo para conducir de forma eficaz y segura sobre tierra. Y para muestra… un botón. O más bien una tecla. “El manillar no es un asa donde agarrarse, sino un piano sobre el que vamos a ir tocando una melodía al ritmo que nos marcan las piedras del camino” fue la frase con la que se puede resumir mejor todo lo aprendido en la jornada.

Empezamos por una breve clase teórica en las instalaciones del Museu de la Moto (actualmente en profundas reformas, aunque con la reapertura en próximas fechas) para desplazarnos a la sede técnica de Bassella Experiences a orillas del pantano de Rialb, donde nos montamos sobre unas BMW F900 GS que fueron nuestros dóciles corceles sobre los que intentamos poner en práctica lo que nos inculcaron en la teoría: dejar fluir la moto, no pelearse con ella; posición elevada, piernas fuertes y brazos flexibles; jugar con el equilibrio del peso de nuestro cuerpo sobre la moto, casi al revés de lo que haríamos sobre el asfalto; y sobre todo, suavidad y progresividad, el secreto a voces para conseguir ir hacia donde nosotros queremos, no hacia donde la moto y sus implacables leyes gravitacionales nos lleven.
Tras casi dos horas de maniobras a baja velocidad en el campus, llegó el momento de poner en práctica todos estos aprendizajes (o de constatar todo lo que nos queda por aprender aún), enfrentándonos a una ruta de unos 25 km por el privilegiado entorno de Bassella, propiedad de la empresa, que nos obligó a aplicar las técnicas recién aprendidas de pilotaje. La lluvia, los troncos, la hierba, las piedras y algún que otro vadeo de río con ganas de hacernos cosquillas pusieron los ingredientes necesarios para conseguir que la puesta en práctica nos dejara húmedos de placer. Con esta pequeña cata, el nombre de Bassella Experiences cobra todo el sentido del mundo: ¡menuda experiencia!



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