Qué giros dramáticos de guion nos ofrece la vida. De aquellos que la convierten en la más creativa y a la vez inverosímil de todas las películas. Cuando menos te lo esperas, con la guardia baja y mientras andas en cualquier otra cosa, te alcanza un calambrazo en forma de noticia que te hiela el pescuezo y paraliza tus pensamientos en seco. Hace unos días, perdimos a un gran comunicador: Teo Romera emprendió su último viaje en moto hacia un destino incierto pero del que se sabe sin dudas que no se regresa. Al menos, no a este mundo. ¡Menudo bofetón!
Teo era un personaje en sí mismo, de los que vale la pena conocer y disfrutar. Lamentablemente, no llegamos a ser todo lo cercanos que hubiera sido deseable, teniendo en cuenta su prisa por irse y dejarnos en este planeta sin él. Su humor, sus experiencias, su forma de ser hacían que fuera fácil conectar con él desde el primer momento. No puedo decir que fuéramos amigos, pero no habría sido difícil serlo si el tiempo y la distancia nos hubiera puesto en otras circunstancias más favorables. Y es que, compartiendo el mismo oficio, las mismas carreteras, la misma pasión por la moto, su pérdida golpea de cerca porque compartíamos también el mismo riesgo. Nos hace falta más gente como tú en este mundo, Teo, gente que mole de verdad.
Hace años alguien me dijo que la vida es un viaje. Yo me lo tomé en serio.
Me resulta inevitable conectar la triste noticia de Teo con una idea que casi siempre que me subo a una moto me ronda la cabeza: esa podría ser la última. Y no tiene nada que ver que sea para subirse a un escúter 125cc y hacer un recado en la ciudad o que arranque el motor de una poderosa maxitrail para recorrer miles de kilómetros durante una semana, o que la montura sea una moto de enduro y la intención sea ir a desayunar con unos amigos algo ligero tipo carne a la brasa y de paso echar la mañana por el monte.
Llamadme hipocondríaco, exagerado, obsesivo o alarmista, pero este tipo de noticias activan un circuito en mi cerebro que me hace pensar en la cantidad de riesgo que asumimos de forma casi gratuita cuando nos subimos a una moto. Sí, bien, de acuerdo, todos lo sabemos, las motos son peligrosas y pueden resultar letales, y sin duda hay otras formas más anodinas e inútiles de morir que a lomos de una moto, donde al menos hay que reconocer que ese trágico final, si llega, suele quedar enmascarado por un divertidísimo y estimulante camino previo.
Es obvio que no compensa, pero al menos hace más intensa la asunción del riesgo. Como diría una frase de la sabiduría motera (que tampoco hay que tomar al pie de la letra): “No llores por mí si muero mientras voy en mi moto. Estaba haciendo lo que más me gustaba y seguro que lo estaba haciendo con una sonrisa bajo el casco”.
Lejos de paralizarme, acabo por guardar ese pensamiento en un cajón del cerebro donde sé que siempre está pero que solo abro cuando es estrictamente necesario. El automatismo diario de subirme a una moto me ha acostumbrado a no pensar en él casi nunca. Lo cual no quiere decir que no exista. Solo que es mejor vivir libre y disfrutar mientras se pueda, porque esta vida ya está demasiado llena de malos momentos como para renunciar a los buenos, buenísimos que te puede proporcionar una moto. Así que hay que aprender a subir a la moto con enorme respeto pero sin darle al miedo ni una sola oportunidad para manifestarse.
Estoy seguro que Teo estaría bastante de acuerdo conmigo. Lo discutiremos dejando que el vino hable por nosotros, cara a cara, cuando nos reencontremos, quién sabe si dentro de mucho o poco…
¡Gas y V’s allí donde estés, Teo!



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