En el año 2016, la artista conceptual Elena Kendall-Aranda se propuso “devolver a la vida” cinco de los 2.800 despoblados que tiene nuestro país. El proyecto “Ghost Town Iniciative” llevó a recrear diversas estampas de la vida rural. Posteriormente, subió aquellas imágenes a Google Street View; al parecer fueron bien recibidas, ya que la aplicación no las ha descolgado de su cartografía. Los pueblos en cuestión son Oreja (Toledo), El Alamín (Madrid), Tobes (Guadalajara), Matandrino (Segovia) y Boñices (Soria).
Con la ayuda de un puñado de actores aficionados, Elenda Kendall-Aranda recreó escenas de cotidianidad en esos despoblados, con su correspondiente ambientación y vestuario. Cada pueblo representó un día entero de trabajo. Cuando todavía estaban por inventar las cámaras de 360 grados, Elena tomaba imágenes esféricas de manera “manual”, lo que significaba hacer 36 fotos cada dos pasos, y que los actores se vieran obligados a mantener una posición estática durante horas.
Elena decidió que el “lienzo” para exponer sus imágenes (que ella llama “monumentos visuales”) sería Google Street View. Previamente, se ganó la confianza de la aplicación subiendo más 500 fotografías de lugares turísticos convencionales. Más tarde, “coló” sus imágenes artísticas.
Boñices
Está situado en el valle del río Rituerto, provincia de Soria. Pertenece al municipio de Tejado. Sus siete viviendas, todas en estado de ruina, están a más de 1.000 metros sobre el nivel del mar, en la planicie del Campo de Gómara.
Durante la década de 1940 sus habitantes compraron las tierras a su dueña, una adinerada mujer de Soria, para cultivar cereal y girasoles. Los que no trabajaban el campo lo hacían en la cantera de yeso, única alternativa para ser obrero en aquel poblado. Hasta cuatro hornos se construyeron para moler el yeso, muy apreciado para la construcción y que se vendía en los municipios colindantes como Navaleno o Covaleda. La escasez de madera para alimentar los hornos y la propia despoblación de Boñices llevaron al cierre de aquella cantera, de la cual queda como vestigio las ruinas del último horno.
El médico y el cartero venían de Tejado, y el párroco, de San Leonardo de Yagüe. La electricidad llegó a Boñices en 1952, y el agua corriente, en 1960. Con anterioridad a esa fecha, el agua tenía que acarrearse desde una fuente situada a dos kilómetros del pueblo. Para lavar la ropa se iba hasta el arroyo Valdemoro, también a dos kilómetros. Aprovechando que ya había electricidad, el ayuntamiento pedáneo compró una televisión que se puso en una sala comunal a disposición de quien quisiera ir a verla, todo un acontecimiento social.
La despoblación y el cierre de la mina de yeso provocaron el despoblamiento de Boñices a principios de la década de 1960. Nunca tuvo más de una cincuentena de vecinos. El edificio más entero es la iglesia de San Benito Abad, que padeció un brutal saqueo en el año 2003: los ladrones se llevaron el confesionario, un arcón de madera y una pila bautismal de arenisca.
Hay varios caminos que llevan a Boñices, el más sencillo de ellos es una pista de tierra de 300 metros que parte desde la carretera CL-101.


Tobes
El actual despoblado de Tobes llegó a ser un municipio con ayuntamiento y casi una cincuentena de vecinos censados, pero la galopante despoblación le privó de su autonomía municipal (se fundió con Villacorza y más tarde con Sienes, que actualmente tiene 40 habitantes), y en 1973 quedó definitivamente vacío. Sus últimos habitantes fueron el matrimonio formado por Florentino Hervás y María Dolores Rodrigo, que ya llevaban un año viviendo solos. Tobes pertenece a Guadalajara, aunque está muy próximo a Soria: cosa curiosa, los cinco despoblados elegidos por Elena Kendall-Aranda están en los límites de sus respectivas provincias.
Coronando una suave loma, una veintena de viviendas en piedra se desmoronan de forma paulatina. Tobes nunca vio un poste eléctrico que les llevara luz, así que la leña era básica para cocinar y calentarse en invierno, además de alimentar los ocho hornos de pan que tenía el pueblo. Una fuente suministraba agua a todas las casas. Situado en un lugar desabrigado de la sierra de Guadalajara, el clima era demasiado severo para los árboles frutales, así que se cultivaba sobre todo cereal y se pastoreaba ganado ovino. En cada casa se mataban un par de cerdos para garantizar carne todo el año, dieta completada con los conejos que se podían cazar en los alrededores, partidas donde incluso participaba la Guardia Civil.
Bajo las casas del pueblo, se compartimentó una gran bóveda para poner allí las cuadras de los animales y los hornos de pan. A día de hoy, alguien tiró las paredes, dejando allí una estancia diáfana para un uso presuntamente turístico que, a día de hoy, sigue sin concretarse. La iglesia de San Martín es una ruina, hasta el punto de que su entrada está tapiada. El muro perimetral está apuntalado por unas traviesas de madera muy deterioradas, en cualquier momento dejarán de ser útiles y todo acabará por venirse abajo. Anexado a la iglesia está el cementerio, barrado con una puerta metálica que tiene echado el cierre. Me encaramo precariamente al muro, sin llegar a saltarlo, observando algunas cruces que emergen entre las malas hierbas; allí no hay ningún tipo de mantenimiento ni recuerdo a los difuntos.
El cura y el médico se desplazaban expresamente desde los pueblos de los alrededores, así como el cartero, que llegaba desde Riba de Santiuste (primero andando, luego en bicicleta y finalmente pilotando una Moto Guzzi Hispania de dos tiempos y 65 centímetros cúbicos).
En Tobes y alrededores, se filmó en 2021 la película “Bajocero”, un thriller dirigido por Lluís Quilez y protagonizado por Javier Gutiérrez y Karra Elejalde, entre otros.


Matandrino
Situado a unos tres kilómetros de Prádena, el despoblado segoviano de Matandrino tuvo sus quince minutos de fama cuando se anunció su venta en un portal inmobiliario por 180.000 euros: por la mitad de lo que vale el piso más barato de Barcelona, hágase con un pueblo entero. Eso sí, sólo se ha reformado (parcialmente) una de sus nueve, las demás son una absoluta ruina.
Antes de todo eso, Matandrino era un pueblo más en la vertiente occidental de la sierra de Guadarrama, que por no tener no tenía ni iglesia: cuando moría un vecino, lo llevaban en carreta hasta la “Cruz de Nava”, un cruce de caminos donde se encontraban con la comitiva vecinal de Prádena, los últimos encargados de llevar el cuerpo a la iglesia y posteriormente al cementerio. Tampoco había escuela, médico o comercios: los vendedores ambulantes se dejaban caer de vez en cuando, a veces haciendo trueque de fruta fresca por huevos y pollos. La falta de luz y agua corriente acabó de precipitar que el pueblo quedara abandonado durante la década de 1960.
En la calle principal de Matandrino hubo un pedestal coronado por una gran cruz de madera: el capellán de Bernuy de Porreros dispuso en 1948 su construcción para que el pueblo tuviera algún símbolo religioso. El tiempo fue haciendo mella en aquella cruz, hasta que en 2016 fue sustituida por una nueva, en piedra. La cruz de madera original se ubicó en un lugar muy próximo, pero apartada del camino.


El Alamín
El caso de El Alamín (Madrid) puede considerarse una rareza en nuestro país, ya que es un poblado de repoblación edificado desde cero al margen del Estado, por iniciativa privada, en este caso obra de Juan Claudio Güell y Churruca, VII conde de San Pedro de Ruiseñada. La repentina muerte de Juan Claudio Güell propició que uno de sus hijos, Juan Antonio Güell y Martos (IV marqués de Comillas) se hiciera cargo de la administración de El Alamín. Corría la década de 1950, y las extensas tierras del marquesado seguían precisando mano de obra: los habitantes de El Alamín.
El Alamín se construyó junto al camino de Escalona a Villa del Prado para agrupar a los trabajadores que ya vivían en el lugar de manera diseminada. Las casas no eran propiedad de sus moradores, aunque no debían pagar nada excepto el recibo de la electricidad. Administrativamente, el poblado pertenecía a Villa del Prado aunque contaba con iglesia propia, bar, oficina de correos y hasta una peluquería. Además, había un pequeño monasterio cuyas monjas se encargaban de la educación de los chicos del poblado. El marqués de Comillas llegó a adquirir un autobús que conectaba El Alamín y Villa del Prado, distantes entre sí algo más de seis kilómetros. Una vez a la semana, el médico de Villa del Prado pasaba consulta en El Alamín. En su momento álgido, vivieron allí 150 personas.
Juan Antonio Güell Martos tenía mucho aprecio a aquel poblado, hasta el extremo de acudir con relativa frecuencia a sus misas dominicales. En diciembre de 1957, El Alamín vivió su día más importante, ya que en su iglesia se casó una de las hermanas del marqués, Doña María del Pilar Güell y Martos, con Don José Luis de Carranza y Villalonga, marqués de la villa de Pesadilla (no es broma). En el poblado se encontraron diversos representantes de la burguesía y la vida política del momento.
El éxodo rural también afectó a El Alamín, que se fue despoblando paulatinamente hasta su definitivo abandono poco antes del año 2000. El poblado fue adquirido por una empresa de Gerardo Díaz Ferrán, quien fue presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) entre el 2007 y el 2010. Tras la quiebra de sus empresas y posterior inculpación por blanqueo de dinero, las propiedades de Díaz Ferrán fueron subastadas, incluido El Alamín, que fue adquirido por la empresa venezolana Derwick. Actualmente se desconoce si hay algún proyecto para el despoblado de El Alamín, además de ser terreno de juego para disputar partidas de “airsoft”. En fechas recientes, alguien hizo un gran fuego dentro de la iglesia de El Alamín, quedando todas sus paredes ennegrecidas.


Oreja
El río Tajo marca la linde entre Madrid y Toledo en unas tierras que a día de hoy no despiertan mayor interés, aunque tuvieron una importancia estratégica en el siglo XII, cuando las tropas de Alfonso VI de León se disputaron el territorio con los musulmanes del califato de Córdoba. De esa época es el castillo de Oreja, situado en un balcón natural sobre el río Tajo. Su privilegiado emplazamiento le hizo ser codiciado objeto de deseo para cristianos y musulmanes. Los segundos lo conquistaron tras la batalla de Uclés del año 1108. Treinta años después, el rey Alfonso VII de León lo reconquistó, repoblándose las tierras circundantes por cristianos.
En 1182, el castillo fue donado a la Orden de Santiago, que estableció un poblado a pocos cientos de metros, Oreja. El siglo XV fue la época de mayor esplendor para la localidad, cuando llegaron a vivir unos doscientos vecinos. Sin embargo, las poblaciones aledañas fueron ganando importancia estratégica, sobre todo porque, perdida su función defensiva, el castillo de Oreja y todos los vecinos que vivían a su alrededor lo tenían todo a desmano, desde el agua de boca hasta las tierras de cultivo, por otra parte extensas y bien regadas gracias al río.
A mediados del siglo XIX, Oreja era una pedanía dependiente del municipio de Ontígola, contando con 42 habitantes. La mayoría de ellos trabajaban en la finca Soto de Oreja, al otro lado del Tajo. El poblado tenía 14 casas, distribuidas de manera ordenada en una “U” con una calle interior sin salida y la iglesia, el único edificio segregado. No había médico ni párroco, y tampoco solían subir los vendedores ambulantes. Tampoco llegaron a ver nunca la electricidad ni el agua corriente, que era acarreada en mulas desde el río Tajo.
En la década de 1960 ya no quedaba ningún vecino en Oreja; los mayores habían ido muriendo, mientras los jóvenes se establecieron en Aranjuez, Ontígola o Colmenar de Oreja. En la actualidad, tanto el castillo como el pueblo de Oreja son ruinas vandalizadas, nada nuevo en nuestros múltiples despoblados. El acceso en moto requiere un mínimo de destreza off.






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