Con un chasis versátil y una postura recta y cómoda, donde el cuerpo va erguido y las piernas no van más flexionadas de la cuetna, el control de la Scrambler es prácticamente un juego de niños. Esto, junto a su sencillez mecánica y la ausencia de electrónica más allá de la gestión del motor y el ABS, le brinda cualidades idóneas para ser una nueva “moto escuela”, como en su momento fue la GS 500 o la ER6n, pero con una estética exclusiva y con un nivel de polivalencia muy por encima de los ejemplos citados y con una estética sin duda exclusiva y sofisticada, evocando aquellos modelos de la década de los 80.
Su motor bicilíndrico ofrece la mayor entrega de potencia a partir de medio régimen y eso hace que la ausencia de control de tracción no sea un problema en tierra, además de aumentar la seguridad en asfalto evitando las salidas bruscas y reduciendo consumos y emisiones. Recordemos que ha pasado la homologación Euro 4.
El paso por curva en asfalto es muy decente y podemos abordarlas con confianza, pues por allí donde le digamos que vaya, ella irá sin plantear discusión alguna. Eso sí, dada su ligereza, no tolerará correcciones bruscas sin pretender castigarnos con algún coletazo por no haber planificado bien las cosas. El embrague antirrebote proporciona un tacto delicioso en las reducciones, con una suavidad sorprendente para ser un bicilíndrico. Bien equipada de frenos, en el tren delantero monta un disco de 330mm con pinza radial de 4 pistones que inicialmente puede parecer “poca cosa”, pero cuya eficacia es indiscutible y se muestra sobrado para detenernos con sobrado margen de seguridad.


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