Espíritu crítico, por favor. laEdito MotoTaller nº351

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Octubre está a la vuelta de la esquina y, con él, la entrada en vigor de la esperada reforma del Reglamento General de Circulación orientada a la protección de los usuarios vulnerables. Tras años demandando que el centro de gravedad de la movilidad se desplace del habitáculo blindado del automóvil hacia quienes exponemos directamente nuestro cuerpo, el nuevo Real Decreto introduce reglas de juego más estrictas. Para la comunidad motociclista, el mensaje es claro: la obligación de usar guantes en vías interurbanas (algo que aplaudimos sin reservas), el calzado cerrado en cualquier desplazamiento, el casco estrictamente homologado y la regulación del tránsito por el arcén en retenciones (a pesar de que en Catalunya el Servei Català de Trànsit ya se ha posicionado en contra de esta norma y no la va a aplicar) representan avances evidentes en la protección física y en nuestra presencia en la vía.

“En moto no atraviesas paisajes. Te fundes con ellos”.

Pero la norma no actúa en el vacío: el espacio vial es un ecosistema interconectado donde cohabitamos con peatones, ciclistas, VMP y un crisol de vehículos y usuarios de diversa índole. Al fijar obligaciones severas para el resto de conductores —como reducir la velocidad en 20 km/h y guardar 1,5 metros al rebasar a un colectivo frágil como los ciclistas—, la Administración parece asumir una premisa histórica: la vulnerabilidad no es una negligencia, sino una condición estructural que exige responsabilidad compartida. De nada sirve exigir indumentaria al motorista si el coche adyacente no respeta las distancias o la interacción urbana se aborda desde la improvisación. Por cierto, que no habría estado de más aplicar esa limitación a la hora de adelantar a un ciclista también a las motos y ciclomotores, que en algunas circunstancias resultan ser cuando menos tan frágiles como los pedaleantes. Una oportunidad desaprovechada para sumar reciprocidad a la nueva norma.

Sin embargo, las leyes se redactan sobre papel mojado si no se contrarrestan con la realidad del firme. Y ahí es donde el revelador estudio elaborado por el instituto INTRAS de la Universitat de València y METALESA —y del que tienes más detalles en un artículo en esta misma edición de la revista— nos asesta un baño de lucidez indispensable. Bajo el título “Las cifras invisibles del motorista”, la investigación destapa la trampa estadística que amortigua el debate sobre la siniestralidad. No seremos nosotros quienes le restemos dramatismo a los decesos, pero limitar el análisis a la cifra de fallecidos oculta miles de lesionados graves e incapacidades permanentes, que son una lacra aún más acuciante por las repercusiones que salpican al entorno de los directamente afectados. La evidencia científica de este estudio demuestra que la severidad real de los accidentes sigue ligada a las deficiencias de la infraestructura: guardarraíles sin protección adecuada, señalizaciones insuficientes o directamente erróneas; y firmes degradados cuyo mantenimiento es inexistente. Ningún guante protegerá a un motorista colisionando contra todos estos condicionantes.

Ahora bien, existe un pilar decisivo que la normativa apenas roza y sobre el que gira la auténtica seguridad vial activa: la formación continua e integral. Lo verdaderamente efectivo no es solo vestir pertrechados o cumplir prohibiciones, sino dotar al motorista de herramientas para ser consciente de los peligros que le rodean y de sus capacidades dinámicas reales para afrontarlos. Lamentablemente, en este terreno queda demasiado por hacer desde hace demasiado tiempo. ¿Por qué se posterga la capacitación avanzada? Quizás porque no interesa tener conductores formados, conscientes y con espíritu crítico capaces de cuestionar la simplificación burocrática que reduce la seguridad a la mera imposición de multas e indumentaria. Es solo una hipótesis.

Desde MotoTaller celebramos el avance normativo, pero la exigencia debe ser máxima y a solidaridad con todos los colectivos: proteger al motorista también debería estar en el pliego irrenunciable y eso implica reparar las carreteras, transparentar las cifras de lesividad y, por encima de todo, apostar por una formación activa y sin complejos para todos los colectivos, y los primeros, los más frágiles, motoristas incluidos. Exijamos que el asfalto y la pedagogía pública estén, de una vez por todas, a la misma altura.

¡Gas y V’s!

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