El Valle del Tena, por Manel Kaizen

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En esta ocasión, Manel Kaizen se adentra en un paraje poco conocido de la provincia de Huesca para mostrarnos una parte de esos pueblos a orillas del Tena que siempre merecen ser redescubiertos, y más a lomos de una buena moto:

El Pirineo de Huesca, como buen receptor de turismo “cuatro estaciones” que es, tiene lugares muy señalados donde el acumulamiento humano puede dar algún conato de agobio, pero en general sobra sitio para todos; prueba de ello es el Valle del Tena, uno de los lugares más poblados sobre todo por la estación de esquí de Formigal, aunque si vas fuera de temporada, nadie se va a creer esa afirmación.

El río Gállego, que nace en las montañas fronterizas y se pierde por el sur buscando el Ebro, embalsa sus aguas en los pantanos de Lanuza y Búbal; ambos son modestos, pero en un valle tan angosto, lo pequeño parece grande. La construcción de ambos embalses, hacia el último cuarto del siglo XX, comportó la expropiación y migración forzosa de las gentes que poblaron aquellas tierras, pequeñas historias silenciadas en nombre del interés general, y que esta crónica reflotará a modo de pequeño homenaje.

La ruta empieza en el “cuello de botella” por el que se accede al Valle del Tena desde Biescas, o sea, de sur a norte; la carretera A-136 es la única vía asfaltada que recorre el valle, y en menos de 25 kilómetros habremos llegado a la frontera del Portalet… Tan poca distancia puede parecer un suspiro, pero hay suficientes historias allí metidas como para llenar una mañana, si así lo deseas. En un promontorio, y tras saltar el río Gállego por un puente que salta una garganta de respetable altura, el fuerte de Santa Elena vigila silencioso el paso del tráfico, desposeído ya de su función militar. Construido en el siglo XVI para defenderse del por entonces “enemigo” francés, también cumplió con esa empresa durante las guerras napoleónicas del siglo XVIII. Su último uso se remonta a la Guerra Civil, cuando guareció a un destacamento de soldados sublevados, que resistieron aislados durante varias semanas en la llamada “bolsa del valle del Tena”. Abandonado desde entonces, en 2014 fue subastado y vendido a un inversor privado por 200.000 euros; hoy continúa abandonado a su suerte, entero gracias a la recia piedra de sus paredes. El nuevo propietario sigue sin encontrar viabilidad económica para reconvertirlo, presumiblemente, en un hotel, fonda o similar. Mientras no llegue ese día, es posible acceder hasta él a través de una pista de tierra que es apta para grandes “trails”, siempre que su piloto no sea excesivamente aprensivo con lo marrón.

Muy cerca del fuerte, un breve paseo a pie lleva hasta la ermita de Santa Elena, patrona del valle; construida en el siglo XII, recibió sucesivas modificaciones en los siglos XVII y XVIII.

Pocos kilómetros más adelante, se extiende el embalse de Búbal, inaugurado en 1971, y que “mató” a tres pueblos: Polituara, Búbal y Saqués. El primero que sale a nuestro encuentro es Polituara, tomando una pista de grava que, hasta bien entrado el siglo XX, fue el “camino Real” que comunicaba con Francia, y que incluso atesoraba un búnker de la “línea P”, fortificaciones defensivas construidas tras la Guerra Civil, y que debían servir para contener una hipotética “reconquista” guerrillera, invasión aliada o lo que pasara por la paranoica cabeza de los militares franquistas… Nunca llegó a utilizarse, y hoy son fósiles de otros tiempos regidos por estrategias bélicas obsoletas. Volviendo al pueblo, que está unos metros más allá del búnker, Polituara era referencia para aquellos viajeros que iban o venían del Portalet, razón por la cual, y pese a su mínimo tamaño -6 casas-, tenía tienda de ultramarinos, panadería, zapatería, herrería y un pajar que evoca tiempos de carretas. La construcción de la presa de Búbal a menos de un kilómetro, y el necesario desvío de la carretera, abocaron Polituara a un abandono forzoso que, ya entrado el nuevo siglo, intenta revertir mediante tímidas reformas: por lo pronto, la pequeña iglesia ya ha sido recuperada, pero la mayoría de las casas son carne de derribo.

Retrocediendo nuevamente hasta la carretera, otro desvío conduce a la presa del pantano de Búbal, que se puede recorrer de punta a punta gracias a que la pista asfaltada pasa por encima. Desde lo alto de la presa, mirando hacia el sur en un balcón a 90 metros del suelo, está la salida del valle –con el cercano Polituara escondido entre los pliegues de la montaña-, y hacia el norte, un mar artificial que, cuando está lleno, cubica 64 hectómetros.

Muy cerca de la presa está el pueblo de Búbal, también expropiado al quedar parcialmente sumergido y sin tierras. En 1984, pasó a formar parte del “Programa de Recuperación de Pueblos Abandonados” –junto a Granadilla y Umbralejo-, habiéndose rehabilitado en su mayor parte gracias al esfuerzo de jóvenes estudiantes. Es visitable durante un par de horas al día.

Antes de finalizar el rodeo al embalse, el tercer despoblado está igualmente a pie de carretera: Saqués. En 1989 se cedió su gestión a la Cruz Roja, que como Búbal también desarrolló un programa de rehabilitación mediante campos de trabajo juveniles. Hace una década, la Confederación Hidrográfica del Ebro devolvió las propiedades a sus antiguos inquilinos, que desde entonces afrontan el reto de recuperarlo piedra a piedra. El acceso al pueblo está cerrado por si los vándalos.

Junto a Saqués, otro desvío nos aúpa montaña arriba hasta más allá de los 1200 metros sobre el nivel del mar, para poder ver el entorno de Búbal en perspectiva, y también para visitar Piedrafita de Jaca; dentro de su término, está el parque faunístico de Lacuinacha, 30 hectáreas donde se pueden contemplar animales autóctonos en semilibertad, y el ibón de Piedrafita, lago natural en un entorno radicalmente altopirenaico al que sólo se puede acceder por una pista sin asfaltar.

Dejando atrás el desvío a Panticosa y unas urbanizaciones de segunda residencia, aparece el segundo pantano del valle: Lanuza. Se inauguró algo más tarde que su “vecino”, en 1980, y anegó parcialmente al pueblo que le da nombre, y que también se puede contemplar en la riba opuesta de la carretera. Para llegar hasta él, hay que tomar la pista asfaltada que, como en Búbal, salta el embalse por la presa. Aunque Lanuza fue despoblado en 1978, sus inquilinos lograron recuperar la propiedad de las casas durante la década de los 90, devolviendo así la vida al pueblo. Reformado con la piedra de pizarra tan característica de estas latitudes, Lanuza también acoge desde 1992 el Festival Internacional de las Culturas “Pirineos Sur”, habiéndose construido unas graderías fijas exprofeso junto al pantano, ya que el escenario es flotante.

Es posible acabar de rodear el pantano por el lado de Lanuza, volviendo a la carretera principal en Sallent de Gállego, a los pies de la Peña Foratata (2341 msnm), imán para los montañeros y postal inevitable del valle del Tena.

A partir de aquí, y de nuevo en la carretera, el resto del recorrido es una vertiginosa subida junto a las pistas de Formigal, hasta llegar finalmente el puesto fronterizo del Portalet d’Àneu.

Manel Kaizen, autor del bloc “Hoy salgo en moto”.

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